Abel H. Pozuelo ‘Bengalas’ text. Show Gallery L21. Madrid, Spain. 2013

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BENGALAS
Abel H. Pozuelo

 

“Tigre, tigre, ardiente fulgor
En los bosques de la noche.”
William Blake

“Hemos vivido mucho tiempo con una concepción energética del movimiento (…). Pero vemos que hoy el movimiento se define cada vez menos mediante un punto de apoyo. Todos los deportes nuevos —el surfing, el windsurfing, el ala-delta— se basan en la inserción en una ondulación preexistente. Ya no hay un origen como punto de partida, sino un modo de ponerse en órbita. Se trata fundamentalmente de situarse en el movimiento de una gran ola, de una columna de aire ascendente, de “colocarse entre”, y no ya de ser el origen de un esfuerzo.”
Gilles Deleuze

 

Al artista Antonio González (Alicante, 1974) no le interesa demasiado dar título a sus trabajos, como no le gusta que lo anecdótico ni lo retórico se instale o se entremezcle con ellos. Tal amable desdén cuadra con su idea de no enunciar nada que esté fuera de los límites de cada segmento plástico, casi siempre una tabla, tela o papel con formato cuadrado que él configura y programa mediante ciertas formas y colores mínimos. Posiblemente tal sea el motivo por el que de cuando en cuando adopte para sus exposiciones títulos polisémicos (que juegan con los sentidos). Y por eso mismo no conviene pasarlos por alto.

Bengalas es un nombre sugerente que parece acertado para esta primera exposición individual en Madrid en la galería L21 “The Gallery”. Las luces de bengala se usan tanto para lanzar una señal desesperada de S.O.S. cuanto para subrayar el aspecto celebratorio de un momento especial. La bengala guarda reminiscencias de aquellas fiestas de la infancia (algo que iba más allá de la velita). Su iluminación, efímera e inestable, de fuego fatuo intermitente en mitad de la noche, es promesa de misterio insondable, de incertidumbre en el vértigo. Son puntos que marcan una posición desde la que se encienden o se lanzan y momentos de luz que interrumpen de modo un tanto arbitrario lo categórico de la oscuridad. Son algo que permite ver lo invisible por un instante. Un drama callado, un susurro de dicha y un encuentro con la sorpresa. Ah, Bengala y sus tigres… Metafóricamente hablando, no cabe duda de que estas últimas composiciones de Antonio González y las demás a las que ha dado orden a lo largo de una década larga bien pueden verse como bengalas.

Si las tomamos de una en una, nos encontramos obras cerradas y cometidas sin premeditación, sin estudio ni boceto previos. Aunque algo en ellas nos indica que su hacedor ha dado alcance y apresado estos chispazos en un estado de ensimismamiento, como de mosca hipnotizada con su propio vuelo en un zigzag de aire. Para conseguir esas rápidas y urgentes sacudidas imaginarias, el artista alicantino emplea los recursos más elementales: óleo o esmalte sintético aplicado sin mezcla previa sobre la superficie escogida; pinceladas descuidadas con los colores principales que a su vez repiten las posibilidades de las formas elementales: la línea recta, el círculo, las geometrías. Color sobre superficie, sin figuras ni fondos. También algunas huellas diseminadas de una cierta gestualidad en los trazos. Y a veces hay un rastro de maderas partidas, de cosas pegadas que antes han crujido. En estas obras últimas que ha capturado durante el estío levantino y que ahora ha traído a Madrid, se incluyen aquí y allí ramas desnudas adheridas que se formulan como cilindros imperfectos que prolongan ese descuido salvaje del gesto y el color. A veces cosas como cierta borrosidad difuminada en contraste con firme claridad dan una mayor idea de intención, pero una a una acaban apoyándose en sus propios errores, subrayan la convivencia armónica del orden y el azar, del ideal y la imperfección. Son elegantes pero hacen ruidos.

Antonio Gonzalez - 'Bengalas' Exhibition Galería L21 1

Lo que aquí se desenvuelve es un lenguaje, el de la pura pintura, esa plástica (estamos tentados de escribir “esa instantánea fotográfica de cierta visión interna fijada mediante pigmento extendido a mano”, pero no). Este lenguaje lo generan las situaciones, intereses y problemas que él mismo plantea, sus posibilidades infinitas, su trance y dominio provisional. Y el hacedor que es Antonio González se recuesta sobre las fórmulas infinitas de sus propios recursos y las re-combina una y otra vez. Hay un feedback superponiéndose a otro feedback. Como en el caso de los matemáticos que resuelven una incógnita con una operación para dar lugar a una figura que sugiere otra especulación y ésta a otras incógnitas y nuevas operaciones… La máxima expresión con los mínimos elementos, una constante del arte de sobra conocida. Como esos artistas de las cajas de ritmos electrónicas que con unos pocos sonidos básicos, un control del tempo y de la división del compás, programan nuevas secuencias, una y otra vez, alumbrando formas rítmicas que creemos poder adivinar pero resultan imprevisibles.

Así, como es costumbre en este artista, cada uno de esta última tanda de cuadros es una sorpresa, una nueva posibilidad a partir de lo esencial, una aparición. Sí, bengalas, pero no sólo. Estos cuadros también pueden verse como puntos de referencia en que podemos anclarnos durante el tiempo que necesitemos. Antonio González quiere que sean como islas, pequeñas porciones de tierra en mitad de ese océano. Boyas que flotan, o incluso archipiélagos que se van formando en el tiempo, solidificaciones de apariciones prefiguradas como relámpagos, y que tienen la forma de una imagen cerrada en sí misma.

Para entender las pinturas de Antonio González, a menudo organizadas en grupos según su variación técnica, cromática o de soporte, parece necesario llegar a este punto: componen en conjunto un todo continuo, una particular construcción sin fin, una gran serie que se prolonga en una linea de tiempo permanente, un fluido de corriente constante. Cada cierto tiempo, el artista siente la necesidad de introducirse en ese flujo de la pintura, de las imágenes y la plástica pictórica, que parece haber seguido trascurriendo desde la última vez, que cambia siendo el mismo, perpetuo como la luz o el espacio. En esa unidad variable, inestable, imprecisa, se detiene el artista tratando de anticiparse a las corrientes del medio, intuir la fuerza y dirección de su oleaje y montarse sobre él. Algunas veces el calculo inconsciente, poético, líquido y flotante como el mismo medio en que está, da lugar a un fluir con el flujo y unos pocos mínimos y rápidos movimientos, apenas gestos, proporcionan un fragmento de equilibrio sobre la ola. Eso es lo que Antonio González plasma en cada cuadro.

Así pues, no se trata de encontrar la belleza. No se trata de acostarse con la seguridad de haber hecho el esfuerzo de pintar algo. Se trata más bien de “colaborar en el acto de la aparición”, como a Antonio González se le ha oído decir. Sí, algo tiene de leve maniobra, en la oscuridad, en la infinitud de las olas.

(De paso, me parece que estas pinturas sin motivo ni argumento trasladan sin ellas pretenderlo una inquietud existencial: cómo surcar el oleaje incesante del devenir, lo que acontece alrededor, sin parar de moverse, de sacudirse, latigazo en todas las direcciones. Cómo encontrar un centro de gravedad permanente, un estado de permeabilidad no destructiva ante las expectaticas ajenas y propias y frente a las decepciones incesantes de las promesas incumplidas. El curso del tiempo de la vida de uno está situado en una intemperie, de uno, o eso que llamamos uno y que en realidad es como llamar uno a la luz o al océano.)

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